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JUAN YÁÑEZ les da la más cordial bienvenida. Es éste otro testimonio de una pasión urbana...esencialmente lo porteño, lo argentino, lo latinoamericano y también el universo todo...

miércoles, 3 de junio de 2015

Espejos que dan vergüenza


Columna invitada 1 junio, 2015 
Espejos que dan vergüenza2015-05-31T22:25:05+00:00 Opinión

Por Arturo Pérez-Reverte, abogado y columnista de temas políticos de Argentina, y colaborador en otros medios nacionales.

EL BLOG OPINA
                           Triste destino de un país que a principios del siglo pasado se perfilaba como una esperanza de futuro promisorio. No pudo ser. Muchos males lo azotaron, entre ellos el peronismo, nefasta ideología oportunista que lleva más de 70 años en el poder. Es como un tranvía que pasa y siempre tiene políticos desvergonzados dispuestos a "colgarse" en plena marcha. Sin embargo es la opinión pública generalizada quienes mantienen a esos bandidos en el poder, que gusta del "facilismo" que promete el "populismo". Lo peor es que tiene que trabajar medio país, para mantener al resto que vive de dádivas que el gobierno "generosamente" dispone del dinero público que no alcanzaron a robarse. Pobre Argentina...

                                     Terrible imagen nos devolvieron los espejos esta semana; desde los Estados Unidos, Suiza, Chile y Brasil, el mundo nos impuso la obligación de mirarnos en ellos, y hemos visto allí reflejado lo peor de nuestra ausente república.

Mientras una tormenta sin precedentes estalló en el seno de la FIFA, arrastrando a la cárcel a los primeros imputados -cuando éstos comiencen a declarar tengo la seguridad que la crisis seguirá subiendo en la escala jerárquica de esa organización, tan sospechada-, y mostró a Suiza despejando rápidamente el camino para que la Justicia de los Estados Unidos actuara, y las investigaciones por corrupción acosan a Michelle Bachelet y Dilma Rousseff, la Argentina continúa chapaleando en el barro en que la ha sumido el infame y canallesco golpe de estado que está realizando la Presidente contra el Poder Judicial.

Su actual pretensión -al frustrarse el juicio político a Carlos Fayt– es que la Cámara de Diputados investigue a todos los ministros de la Corte Suprema con una excusa banal: Fayt habría firmado la reelección de Ricardo Lorenzetti como Presidente del cuerpo desde su casa; si se aplicara ese cartabón a los decretos de necesidad y urgencia suscriptos por ambos Kirchner desde que se entronizaron en la Casa de Gobierno, todos serían nulos, ya que la Constitución exige que sean emitidos en reuniones de Gabinete, nunca celebradas.

Todos los países nombrados, y muchos más, nos muestran cómo debe actuar -y actúa- la Justicia cuando se trata de democracias serias. En todas ellas, sin excepción, hay corrupción y funcionarios y empresarios ladrones, pero cuando son descubiertos terminan presos, no importa quiénes sean ni qué funciones estén desempeñando. Brasil ha mandado a prisión gobernadores, ministros, senadores, diputados, jerarcas del PT y altos ejecutivos de las mayores empresas, y ha llegado a destituir a un presidente de la República (Fernando Collor de Mello) por quedarse con dineros públicos; la propia Dilma se encuentra hoy bajo sospecha por su pasado al frente de Petrobras. Estados Unidos hizo lo mismo con un presidente (Richard Nixon) por espiar a la oposición y, sobre todo, por mentir cuando la investigación lo puso contra las cuerdas. Chile ha despedido nada menos que a su Jefe de Gabinete y al hijo de la Presidente, que no consigue recuperar el prestigio perdido.

La imagen que proyectamos los argentinos sobre esos espejos no puede ser más vergonzosa. Nuestra primera magistrada, la noble viuda, está involucrada en una causa penal en la que se investiga, por cierto a paso lento, el lavado de dinero de la corrupción en la obra pública a través de los hoteles que, inexplicablemente, adquirió con su marido en los últimos años; tampoco su restante patrimonio familiar puede ser justificado por quienes sólo han ejercido cargos públicos durante los últimos veinticuatro años. La investigación sobre la diplomacia paralela con Venezuela está siendo enterrada y sólo irá a juicio el Embajador Eduardo Sadús, que la denunció.

Su Vicepresidente, el inefable Guita-rrita Boudou, por su parte, se encuentra ya doblemente procesado por corrupción y por ladrón de gallinas, cuando escamoteó a su ex mujer la mitad de un auto viejo; claro que las causas más graves tienen que ver con la forzada compra de Ciccone, con el enriquecimiento ilícito y con el saqueo a Formosa, la provincia más pobre. Sin embargo, para vergüenza de la Argentina entera, continúa en funciones y, a veces, asiste en representación nuestra a cumbres en el exterior.

La lista de funcionarios -actuales y antiguos- y testaferros varios involucrados en causas penales ya se parece a la guía telefónica, a pesar de los ingentes esfuerzos realizados por jueces federales venales y por fiscales comandados por la Procuradora Alejandra Gils Carbó para evitarles problemas. Recordemos, simplemente, nombres como Julio de Vido, Ricardo Jaime, Juan Pablo Schiavi, Mario das Neves, Claudio Uberti, Romina Mercado, José María Olasagasti, Cristóbal López, Lázaro Báez, Ricardo (el jardinero) y Pablo Barreiro (el secretario de la emperatriz) y tantos otros que han pasado a integrar el panteón de los héroes millonarios de este gobierno, una verdadera asociación ilícita, que nos hemos dado, por no querer ver su desaforada corrupción, por tres períodos consecutivos.

Claro que están acompañados por empresarios -para el tango se necesitan dos- más interesados en lucrar que en competir y ofrecer mejor calidad y mejor precio a sus clientes. Compañías de todo tipo y nacionalidad han bailado con esta música en las últimas décadas: Siemens, Embraer, Skanska, PanAmerican Energy, Repsol, Barrick, otras que han sido formadas para el latrocinio (ElectroIngeniería, Indalo, Oil, las empresas del juego, etc.), varias pesqueras y muchísimas más, sin que esas delictivas actividades les hayan significado aquí complicación alguna, a pesar de haber confesado algunas de ellas, públicamente, haber pagado coimas a funcionarios argentinos.

Ese es, en concreto, otro de los espejos en que nos reflejamos. Las investigaciones de la SEC sobre prácticas corruptas de empresas que cotizan en las bolsas norteamericanas ha implicado para las mismas siderales multas y, en algunos casos, altos ejecutivos terminaron en la cárcel, aún después de entregar a sus cómplices, mientras que aquí la propia AFIP conspira con los imputados para lavar sus pecados fiscales. Las denuncias del organismo recaudador contra los tres argentinos involucrados en el escándalo de la FIFA trabará ahora la deportación de éstos, para proteger la conexión local.

Mientras tanto, el Gobierno -que intentará despegarse de la obvia vinculación entre su Fútbol para Todos, con Aníbal Fernández y el fallecido y coimero zar de la AFA, Julio Grondona, a la cabeza- agradece que este monumental escándalo desatado por la Procuradora General de los Estados Unidos tape, al menos por un rato, todo lo que aquí se ha convertido algo cotidiano: la denuncia de Nisman y su asesinato; el golpe de estado en marcha; la reforma de los códigos y la colonización de la Justicia y de la Administración Nacional; o el sobreseimiento de Kirchner, Báez y el Gobernador Peralta en la causa por sobreprecios en la obra pública santacruceña que dictó una Juez prima del fallecido.

No soy indulgente con nuestra sociedad, y por eso no creo que un día nos despertaremos y, cubiertos de vergüenza, cambiaremos definitivamente la imagen que nos devuelven los espejos del mundo. Para que eso pueda algún día suceder, necesitaríamos tomar el toro por las astas ya mismo y trabajar a varias generaciones vista, una actitud que transforma a un político en un verdadero estadista; espero, sin optimismo, que alguno de los presidenciables se ponga el sayo.

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Este artículo fue publicado originalmente en El Ojo Digital el 30 de mayo de 2015 con autorización explícita de dicha fuente.


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martes, 28 de abril de 2015

Corrupción El régimen político de la postdemocracia latinoamericana

EL BLOG OPINA

                       Necesario será para todos aquellos con vocación demócrata, luchar a brazo partido con tanto sinvergüenzas que se han adueñado de países de la región. Un ejemplo palpable son los bandidos Kirchner, ladrones de profesión que comenzaron sus delitos en su provincia patagónica hasta hacerse del poder presidencial para delinquir y así arruinar a una nación. Ejemplos así cunden por toda Latinoamérica donde la plaga de la corrupción se ha enquistado para eternizarse. 

HÉCTOR E. SCHAMIS 25 ABR 2015 - 22:53 CEST

                                       El término está en las portadas de los periódicos. Describe a la vasta mayoría de los gobiernos latinoamericanos. Sin duda que el virus en cuestión no es exclusivo de esta parte del mundo, pero la variedad endémica parecería ser resistente y estar en fase de propagación. Es materia de la epidemiología, y también sucede en la salud pública: los gobiernos que niegan la existencia del mal, al mismo tiempo, se presentan como los campeones de la lucha contra el mismo; en este caso, la tan maldita corrupción.

El problema no son solo las actividades criminales, que no son escasas, sino también la reproducción de conductas que ni siquiera se consideran ilegítimas, mucho menos delictivas. Es que, además de afectar el uso de los recursos públicos, esta epidemia ha modificado el marco cognitivo de la elite política latinoamericana. La noción de conflicto de interés, por ejemplo, les es ajena, tanto como la de tráfico de influencias. La corrupción se ha naturalizado, y la línea que separa la legalidad de la ilegalidad se ha hecho flexible y porosa. Quienes ocupan las alturas del poder se han eximido a sí mismos de la terrenal obligación de rendir cuentas, de responder por los actos de gobierno. Con el contagio se ha generalizado la impunidad.

Los gobiernos que niegan la existencia del mal, al mismo tiempo se presentan como los campeones de la lucha contra el mismo; en este caso, la tan maldita corrupción
En Venezuela, las cuentas de funcionarios en bancos de Suiza y de Andorra, y las cifras de las mismas, son leyenda. Representan varios puntos del producto interno. Cualquier denuncia al respecto es traducida por el aparato oficial de propaganda como una conspiración desestabilizadora. Por una vez tienen razón: la información pública sobre corrupción a veces puede generar inestabilidad política.

En Argentina, el oficialismo y sus testaferros acumulan decenas de denuncias por cuentas sin justificación, lavado y negocios ilegales diversos. El rechazo del gobierno a esas acusaciones es sistemático, como también lo es, año tras año, el aumento patrimonial que se ve en las propias declaraciones de impuestos de sus más encumbrados funcionarios. La disonancia legal es producto de la disonancia cognitiva, precisamente, la que se deriva del hecho que todos ellos se han enriquecido siendo funcionarios públicos. Difícil de explicar, pero ninguno se ruboriza.

La corrupción se ha naturalizado, y la línea que separa la legalidad de la ilegalidad se ha hecho flexible y porosa
En México, el gobierno ha castigado por corrupción a más de cien funcionarios en los últimos dos años con multas de más de 22 millones de dólares. Benigna la pena, multa en vez de cárcel, no obstante, nadie pagó un dólar. Ello subraya un problema más de fondo. Es difícil que un gobierno corrupto imponga sanciones por corrupción y que las mismas se cumplan. El presidente combate a la corrupción en su discurso mientras su esposa y su Secretario de Hacienda tratan de explicar la compra de sus casas a un favorecido contratista del gobierno, quien también les otorgó la hipoteca.

En Brasil, el caso Petrobras revela la profundidad de la corrupción dentro del aparato del Estado y del partido de gobierno. La información habla de pérdidas por 2.000 millones de dólares solo por corrupción y describe un institucionalizado sistema de dineros mal habidos, diseñado para concluir en las arcas del PT. El círculo completo, esos dineros se usaron para financiar campañas electorales y comprar votos de diputados en el Congreso, el caso Mensalão. Así se construyó una aceitada maquinaria financiera para la perpetuación en el poder.

Fuera del poder, los riesgos son demasiado altos para los líderes del partido de la corrupción
Hasta Chile, cuya elite política pensaba estar inmunizada contra la corrupción y otras enfermedades tropicales de la región, parece haberse contagiado. Al financiamiento irregular de los partidos y sus dirigentes, debe agregarse el escándalo que involucró a la nuera de la propia Presidente. Su relación con la entonces Presidente electa le permitió acceder a información privilegiada sobre inminentes cambios en la regulación del uso del suelo y a un crédito bancario para una firma sin trayectoria ni colateral. El negocio especulativo de compraventa de tierras le reportó una utilidad de más de 3 millones de dólares. En su primera reacción, Bachelet tuvo la poca fortuna de considerarlo un negocio entre privados, lo cual afectó severamente su índice de aprobación.

Curiosamente, en la academia, una primera generación de estudios minimizaba el problema de la corrupción, considerándola un mecanismo benigno que servía para modernizar la burocracia, una esencial tarea de construcción estatal siempre inconclusa en el mundo en desarrollo. Una segunda generación, sin embargo, destacó las pérdidas de eficiencia en sociedades con alta corrupción, postergando el desarrollo económico y social, y además creando, en el largo plazo, una dinámica especialmente tóxica para el capital social y la credibilidad de las instituciones democráticas.

América Latina se halla en este último escenario, pero también necesita una tercera generación de estudios. Ella deberá dar cuenta de la constitución de un nuevo tipo de régimen político, en el que la corrupción es, justamente, el componente central de la dominación. En países donde los partidos políticos se han debilitado y fragmentado, además de haber perdido la confianza de la sociedad, la corrupción los está reemplazando. La corrupción cumple las funciones básicas de la política: seleccionar dirigentes, organizar la competencia electoral y ejercer la representación—¡y el esencial control!—territorial. Esta es la nueva forma de la política en la postdemocracia.

Claro que este nuevo régimen es de partido único, ya que se basa en la perpetuación. Ello no es por ideología sino por supervivencia. Fuera del poder, los riesgos son demasiado altos para los líderes del partido de la corrupción. Hasta ahora, los recursos y la retórica les han funcionado y siguen en el poder, pero ello no será eterno. Entonces, el gran desafío de América Latina será quitarle la política a la corrupción para poder reconstruir la democracia.


Twitter @hectorschamis

sábado, 14 de marzo de 2015

Caso Amia: Exchavistas confirman la conspiración Irán-Kirchner denunciada por Nisman



marzo 14, 2015 9:50 am

                                  El semanario brasileño Veja informa este sábado que entrevistó por separado a tres ex funcionarios del gobierno de Venezuela, todos ellos “ex integrantes del gabinete de Hugo Chávez”, quienes aseguraron haber estado presentes cuando el fallecido caudillo bolivariano y el entonces presidente iraní, Mahmud Ahmadinejad, discutieron sobre el trabajo que estaba realizando el fiscal Alberto Nisman, a cargo de la investigación sobre el caso AMIA, así lo publicó Infobae.com

La mutual israelita de Buenos Aires fue atacada en 1994 por un coche bomba que dejó 85 muertos y el fiscal seguía la pista iraní, pero murió en enero de este año, poco después de denunciar a la presidente Cristina Kirchner por encubrir las responsabilidades del gobierno de Teherán en el atentado terrorista.

Según los ex funcionarios chavistas citados por Veja, “representantes del gobierno argentino recibieron grandes cantidades de dólares en especies. A cambio de dinero, dicen los chavistas disidentes, Irán pidió que la autoría del atentado fuese encubierta”.

Además, el acuerdo incluiría intercambio sobre tecnología nuclear: “Los argentinos también debían compartir con los iraníes su larga experiencia en reactores nucleares de agua pesada, un sistema antiguo, caro y complejo, pero que permite la obtención de plutonio a partir de uranio natural”, relata Veja.

La cumbre Chávez-Ahmadinejad se produjo en la mañana del 13 de enero de 2007 en el Palacio de Miraflores. Estaban los dos mandatarios, sus guardias de seguridad, y la primera plana del gobierno chavista. Poco antes del mediodía, cuando compartieron el almuerzo, los disidentes exiliados relatan que se produjo el siguiente diálogo:

Ahmadinejad: Es un asunto de vida o muerte. Preciso que intermedie con Argentina por una ayuda para el programa nuclear de mi país. Precisamos que Argentina comparta su conocimiento sobre tecnología nuclear. Sin la colaboración de este país, será imposible avanzar en nuestro programa.

Chávez: Muy rápidamente. Haré eso, compañero.

Ahmadinejad: No se preocupe por los gastos que requiera esta operación. Irán respaldará con todo el dinero que sea necesario para convencer a los argentinos. Tengo otra cuestión. Preciso que desaliente a la Argentina de insistir con Interpol para que capture a las autoridades de mi país.

Chávez: Me encargaré personalmente de eso.

Los chavistas disidentes que dialogaron con Veja desde Washington dijeron haber tenido participación directa en las gestiones ordenadas por Chávez para atender el pedido de impunidad de Ahmadinejad.

Los dos presidentes evaluaron que comprar títulos de la deuda argentina era una oportunidad para impulsar el acuerdo con el gobierno kirchnerista. Veja explica que el Tesoro de Venezuela compró 1.800 millones de dólares en esos bonos en 2007. A fines de 2008, Caracas poseía unos 6.000 millones en esos títulos. El negocio para Argentina fue “formidable”, asegura la revista brasileña: “Néstor y Cristina hicieron varios agradecimientos públicos a Chávez por esta operación financiera”, recuerda.

El papel de Antonini Wilson

Según las fuentes de la publicación brasileña, el gobierno argentino recibiría una buena cantidad de dólares por lo pactado. Uno de estos tres ex funcionarios venezolano contó que la famosa valija de Guido Antonini Wilson, con 800.000 dólares, provenía del régimen iraní y tenía como destino la campaña presidencial de Cristina Kirchner, y que Chávez sólo fue el intermediario. “El dinero era originario de Irán para la campaña de Cristina Kirchner”, manifestó a Veja.

Coincidentemente con la detención de Antonini Wilson, Chávez realizó 48 horas después una visita oficial a Buenos Aires. Uno de los ex miembros del gobierno de Chávez reveló cuando el caudillo bolivariano se enteré respondió con un improperio y preguntó quién había sido el “idiota” que coordinó la operación.

Por otro lado, la revista destaca que el pacto además incluyó secretos nucleares. Según los funcionarios chavistas, ahora radicados en los Estados Unidos, ellos no tenían información precisa de las negociaciones en torno a los temas nucleares y si finalmente se llegó a un acuerdo. Sin embargo, en otra de las revelaciones de la nota, aseguran que quien estaba al tanto del asunto era la por entonces ministra de Defensa argentina, Nilda Garré, hoy embajadora ante la OEA, en Washington.

No solo eso, de acuerdo a las fuentes de Veja, Garré (quien fue por unos meses embajadora de la Argentina en Caracas) habría mantenido un amorío con el propio Chávez. “Era algo en la línea de 50 sombras de Grey”, dijo otro de los ex funcionarios chavistas arrepentido.


“No puedo afirmar que el gobierno de la Argentina entregó secretos nucleares, pero sé que recibió mucho por medios legales (títulos de deuda) e ilegales (valijas de dinero) a cambio de algo muy valioso para los iraníes”, agregó la fuente.

lunes, 19 de enero de 2015

Viaje a la desolación: Epecuén, el balneario fantasma

  Diego Waldmann. CLARÍN 19.01.2015

Crónica.Fue una de las villas turísticas más importantes de la provincia de Buenos Aires. Hace 30 años vivió su última temporada de verano. Luego fue arrasada por una inundación. Cómo está hoy.

 La medialuna, un ícono del pueblo. Gustavo Rodríguez ayudó a construirla.
     
                                           Puesto a girar, el sillón del peluquero de Epecuén se convierte en el túnel del tiempo. Es el verano de 1985 y la destreza de este hombre convoca hasta 30 clientes por día, que llegan relajados por los baños en agua salada que se dan en la zona y se van satisfechos, a juzgar por las generosas propinas.

El estilista se llama Narciso, pero en lugar de obsesionarse por la belleza propia se preocupa por la prolijidad ajena. Con su delantal azul, sandalias de cuero y navaja filosa, sienta a los turistas en el trompo de acero y los hace viajar por los recuerdos del lago, desbordante esta temporada y repleto de flamencos.

Narciso Stoessel se recibió en las Academias Oli el 30 de setiembre de 1964, en un curso acelerado de un mes y tres días. Pese a la prestancia del diploma colgado en el local, el primer cliente lo vio nervioso y le hizo una broma: "Por las dudas, ¿vende gorras?".Fue perfeccionando su forma de trabajar y se hizo popular en esta villa de 184 manzanas y tres rotondas, que recibe a decenas de miles de veraneantes de Buenos Aires, Córdoba o La Pampa, atraídos por los poderes curativos del lago, más salado que los siete mares.Con los primeros ahorros, Narciso pudo comprar este "trono" a palanca para sus clientes de la "Primera fábrica en Sud América de Sillones Mecánicos para Peluqueros Víctor N. Pozzoli. Patentado por el Superior Gobierno de la Nación y de mayor calidad, lujo y confort de los mejores que se importan", según leyó en los papeles de la transacción.A sus espaldas permanece 13 horas de pie, además de su trabajo como empleado público en las termas del lugar, donde se encarga del mantenimiento. Llegó a trabajar 72 días corridos, sin parar.

Es 1985 y sabe que este mundo feliz, donde la gente baila en la calle, disfruta del carnaval y conversa en las veredas hasta la madrugada, se puede inundar en cualquier momento, porque desde hace cinco años el nivel del agua crece, la playa se achica y la gente, como los erizos del mar, tiene que meterse al agua entre las piedras que forman la barrera de contención.

Madera noble. En la carnicería La Franqueza, Ricardo Besagonill les pasa un trapo a los azulejos blancos y la punta del cuchillo a la tabla de corte de los costillares, recortada de un quebracho colorado. Quiere que todo quede impecable para cuando entre la muchedumbre a arrebatarle las 13 vacas carneadas el viernes a la espera de este domingo soleado, ideal para hacer el asado.



Quedó extenuado de la última jineteada que se hizo en la entrada al pueblo, para la que tuvo que hacer 4.000 chorizos. En tiempos normales vende 100 kilos de embutidos por día. Y si se le acaba la carne de cerdo recurre al ingenio, como ahora, que inventó los chorizos de antílope, por sugerencia de un amigo cazador que aportó la materia prima.Hay tanta gente, y cola en la vereda, que ni tiempo de pesar la carne y hacer la cuenta tiene. Por eso hace que pone y saca la compra de la balanza, calcula a ojo y canta un precio, con yapa para el cliente. El nombre de su negocio es la garantía de su proceder.La sierra eléctrica que va y viene por la ranura de la tabla deja los churrascos parejitos, como fichas de tejo. Y si se corta la luz, Ricardo asoma el serrucho, le da con fuerza y sigue, porque la demanda no cesa.

Carga la caja del carrito de reparto con 60 kilos de achuras y cortes parrilleros, porque sabe que, apenas llegue al camping, vuelve vacío. Se vende todo. Hay días en que, para no quedarse sin mercadería, tiene que ir a carnear animales al matadero diseñado por el arquitecto Francisco Salomone, una obra de arte en medio de la frontera entre la pampa húmeda y la zona seca del sudoeste bonaerense.

Ricardo no olvida que en 1972 pedaleaba una bicicleta rodado 20 y que en apenas dos años se compró un auto cero kilómetro, por lo bien que le iba. Por eso, en este verano de 1985, cuida la pulcritud de su tabla de quebracho como si fuera su bote salvavidas.

El símbolo. La luna de Gustavo es la más fotografiada de Epecuén. Está en la entrada de la pizzería La Gallina Verde, nombre inspirado en un cuento en el que dos españoles hablaban así de un loro.

Es 1985 y Gustavo Rodríguez, un muchacho de 17 años que fue abanderado y mejor promedio en la escuela, siente orgullo por haber ayudado a su padre a construir esa luna creciente de dos metros, finita como una sonrisa, pero infranqueable en su estructura de hierro y hormigón. Junto a un árbol del paraíso y un duraznero, la luna recibe a los cientos de comensales que se sientan a disfrutar de una pizza de mozzarella y una cerveza a la luz de la otra Luna, la de Armstrong, Aldrin y Collins.

Gustavo es un chico orquesta: prepara el relleno de las empanadas, despacha pan y facturas, cobra y da vuelto, lava los platos, carga la heladera, sirve helados, baldea y riega las plantas. En la cocina tiene un juego de exquisitos con don Roberto, su papá: buscar la tapa de hojaldre perfecta para que los clientes recuerden el sabor de estas empanadas por el resto de sus vidas.


De las fiestas y los corsos, apenas oye el ruido. No tiene tiempo más que para jugar un rato al bowling o al flipper. Lo suyo es el trabajo y un look con vincha amarilla que lo hace parecido al Loco Gatti, el arquero de Boca.

Hay que aprovechar el verano, porque con la plata que junta le alcanza para comprarse lo que necesita durante todo el año. Hasta botines para cuidar la zaga del club Gauchos de Epecuén. "Este lugar es como la primera novia, te enamorás de verdad", le confía a un porteño que indaga en sus sentimientos. Y así transcurren los días de Narciso, Ricardo y Gustavo en este verano de 1985, año que se anuncia tormentoso. Son puro esfuerzo, pero tienen un sillón Pozzoli, una tabla de quebracho y la luna. Lo tienen todo.

Ni se imaginan que, por un tsunami en cámara lenta que vendrá del lago, será el último verano en Villa Epecuén.

La inundación. Como el palacio de Cleopatra, en Alejandría, Villa Epecuén quedó sumergida bajo las aguas en noviembre de 1985. Veinte años permaneció tapada y hace diez resurgió por el retroceso del lago. Pero el lugar era ya un esqueleto del pasado, árboles muertos en posición de derrota, ruinas blancas por la sal, baldosas que se quiebran, hoteles y hospedajes para 25 mil personas por el suelo, la escuela sin alma ni pupitres, ni ventanas, pistas de baile condenadas al silencio.

A 30 años del último verano, Viva recorrió la zona fantasma de Epecuén junto con pobladores y turistas que volvieron al escenario de sus recuerdos. La mayoría vive hoy en Carhué, a 8 kilómetros de allí y a 570 de la Ciudad de Buenos Aires.

De los escombros de la carnicería, Ricardo rescató su tabla de madera, una tabla para náufragos de dos metros de longitud y surcos que la invaden. Encontró oxidado el medidor de luz y blancos aún los azulejos que limpiaba todas las mañanas. Pero también se encontró a sí mismo, con 30 años menos, y su voz se hizo finita, hasta desaparecer.Habla ahora su hermano Rubén, equilibrista entre las ruinas de lo que fue su hotel residencial de 14 habitaciones: "Vinimos en canoa en el año 2000, para mostrarles esto a nuestros hijos. Acá estaba el hotel Apolo, donde hice mi fiesta de casamiento en 1984, parece que lo veo", dice Rubén, ante el eco lejano de un vals. "En esa esquina cantó Sandro... acá estaba la heladería Flamingo... allá, Alfajorlandia", enumera, al tiempo que señala lo invisible.

El que quiere volver. Junto a la costa, en el leve temblor del agua quieta, Alfredo Pardiño cree ver escenas del pasado. Era el hijo del sereno del balneario, conformado por piletas, piletones y toboganes de cemento que permanecen ahí. "Fui mozo y antenista de televisión. Había que instalar bien alto las antenas para enganchar los canales de Buenos Aires. A la noche, venía a cebarle mate a mi viejo", evoca.

Luego camina hacia tres pinos sin savia que parecen granaderos a la custodia de un cartel que reza: "Mi casa, mis calles, mis primeros pasos, momentos que en sueños hoy llevo guardados. Mi infancia y mi gente, recuerdos dorados que viven presentes a orillas del lago". Era su casa, ahora no hay nada.

Alfredo se va en su camioneta con pasacassettes, pero asegura que pronto va a volver a vivir en Epecuén. El área fue expropiada cuando se produjo el desastre y, en diciembre pasado, sus ruinas fueron declaradas "Monumento Histórico incorporado al Patrimonio Cultural" de la provincia de Buenos Aires.

"Venir acá era como ir a la playa, yo era una nena y me bañaba bajo un caño de agua. Me acuerdo de que parábamos en el hotel Rambla y cruzábamos a desayunar al Victoria. Era todo luz y música. No puedo creer esto que veo", relata Olga Alvarez, turista antes y turista ahora, parada en la misma esquina de hace 30 años, pero en dos postales extremas, según si recuerda o si mira a su alrededor.

Sandra, hija de Narciso, considera que la villa "pudo haber sido una mini-Mar del Plata" por su hospitalidad, ya que, si bien nació con signo aristocrático, en 1921, en los años 70 tuvo su esplendor como balneario popular. Su padre acaba de cumplir 50 años como peluquero, sólo que ahora atiende en Carhué. Sigue utilizando navaja y polvera, y a su lado se mantiene inconmovible el sillón Pozzoli, de probada tolerancia a las tempestades.Carlos Coradini mantiene la memoria de la villa en la página de Facebook Gente de Epecuén. Acaba de subir una foto de la barra destruida del boliche Bim Bam Bum, del día en que encontró botellas y recordó que el barman era... él. De su casa queda la escalera que no lleva más que al cielo, que no es tanto ni tan poco. La escalera está de pie.

Gastón Partarrieu, hoy director del Museo de Adolfo Alsina, pasa por lo que era la panadería y fábrica de pastas que tenía su papá: "Se vendía mucho pan, facturas, tortas y sandwiches de miga. El consumo funcionaba, porque eran miles de personas que permanecían acá entre 15 y 21 días, para cumplir con la recomendación médica de los baños termales constantes durante ese plazo".

Luego muestra el Centro de Interpretación que se montó en la antigua estación de tren, a la que llegaban tres líneas de ferrocarril y hoy, ninguna. Hay un tocadiscos que parece recubierto por la lava volcánica que cubrió Pompeya y Herculano; un trono y una corona de reina de un reino que ya no existe; y una foto de un salvavidas gigante de los últimos veranos.

Por 120 pesos, la profesora de francés Norma Berg hace de guía en un tour de dos horas y media por las ruinas de Epecuén. Con la pasión que utiliza en sus relatos, da ganas de hacer un asado con carne de La Franqueza, de cortarse el pelo en lo de Narciso, o de comer unas empanadas en La Gallina Verde, el sitio donde se halla la única construcción intacta tras la inundación: la luna de Gustavo.


"Pasé 10 años sin poder venir. Me agarraba mucha angustia. Cuando regresé, lo que más me impresionó fue el silencio, porque acá no se dormía: todo el tiempo había música y se escuchaban conversaciones divertidas. Volví porque mi papá, cuando se estaba por morir, me pidió cinco cosas. Una de ellas, que cuidara la luna."


domingo, 7 de diciembre de 2014

Es argentino, no tenía techo y creó un refugio que asombra al mundo

Clarin.comSociedad07/12/14


                              
               Historia de Vida.Nicolas García Mayor estudió diseño industrial y en su tesis final diseñó una casa que puede salvar millones de vidas. Fue elegido entre los 10 jóvenes sobresalientes del mundo en 2014
 Nicolás con el premio jóven sobresaliente 2014
Nicolás con el premio jóven sobresaliente 2014
      
Lo de Nicolás y el diseño industrial fue amor a primera vista. Supo que existía tres meses antes de inscribirse en la Universidad de La Plata. Hoy es su medio de vida, aquello que le permite “ser parte de la creación” y que lo está llevando a cumplir su meta de unir innovación con ayuda al prójimo. Su trabajo de tesis final, un refugio para personas víctimas de catástrofes naturales o guerras, va camino de ser una realidad, bendecido por Naciones Unidas y el Papa.

“El sufrimiento de los otros fue el gran inspirador de la idea”, le contó Nicolás a Clarín sobre su proyecto, al que él mismo y sus profesores definían como “raro” en los primeros esbozos. “Veía noticieros que mostraban desastres naturales y sus consecuencias para la gente y sentía que yo tenía algo para dar”, rememoró sobre las primeras imágenes que aparecieron en su cabeza, allá cuando todavía estudiaba en La Plata y necesitaba un tema para obtener el diploma.

 De su cabeza soñadora y su corazón solidario, surgió una estructura de respuesta inmediata que en poco más de diez minutos podría montarse en un sitio afectado por un terremoto, inundación o guerra para asistir a las víctimas.

“La idea es que puedan reconstituir lo más rápido posible su vida en comunidad, dignamente y cuidando su salud” explicó sobre CMax, el habitáculo que lleva ese nombre en homenaje a su hermano menor Carlos Maximiliano (ver recuadro).

La idea le permitió a Nicolás recibirse, después de superar años de padecimiento en los que tuvo que recurrir al trueque para sobrevivir. “No podía pagar el alquiler y le propuse al dueño de una clínica que me diera un lugar para vivir a cambio de que le realizara diseños.Viví con lo básico hasta el fin de la carrera”, recordó.

 Recibido, probó suerte en Europa y le fue bien, pero volvió  a Bahía Blanca. Aquí armó su estudio de diseño, sin dejar de soñar nunca con hacer realidad su tesis. “Quería hacer algo útil para la sociedad”, se repetía cada noche.

Los últimos dos años pasaron muy rápido para Nicolás, que el próximo lunes 15 cumplirá 36 años. A principios de 2013, quedó seleccionado para participar en el Foro Internacional para el Desarrollo de la Ayuda Humanitaria en Washington. Allí, deslumbró a los representantes de la ONU. “Esto es lo que estamos buscando”, le dijeron al ver su refugio y lo invitaron a exponerlo en la 68ª asamblea general.

“Todo se dio de una manera increíble”, reconoció Nicolás que, todavía iba a recibir un espaldarazo fundamental a su idea. “Cuando me preparaba para ir a Washington, recibo un mail del Vaticano. El Papa me invitaba a verlo”. Para él, fue tocar el cielo con las manos. “Apenas lo vi, me dijo que el producto que yo había diseñado, ya estaba bendecido y me abrazó”, recordó. Así, entre una situación de película como la de la ONU y otra “increíble” como su encuentro con Francisco, la idea cobró vida.

En esa vorágine, Nicolás fue tentado de varios lugares para trabajar. Pero el empecinamiento en desarrollar su idea en Argentina es muy fuerte y no pierde las esperanzas de concretarlo. De un contacto con el ministerio de Defensa, surgió la posibilidad de que el refugio se pueda construir en Fabricaciones Militares y el país pueda utilizarlo en los contingentes de Cascos Blancos y Azules de la ONU.

Mientras tanto, no para de dar charlas. En octubre fue reconocido como Personalidad de su propia ciudad y hace diez días en Alemania recibió su estatuilla por ser uno de los diez jóvenes sobresalientes del año, según la Cámara Junior Internacional.


Aún lejos, no deja de contactarse con sus colaboradores y chicos que concurren a los cuatro comedores comunitarios que ayuda a sostener con la fundación que creó y que ahora comienza a ser solvente. Porque para Nicolás, el éxito personal, no sirve de nada, sino le sirve al otro también.

domingo, 28 de septiembre de 2014

“Convertimos problemas cotidianos en trastornos mentales”



ENTREVISTA | ALLEN FRANCES

“Convertimos problemas cotidianos en trastornos mentales”
Catedrático emérito de la Universidad de Duke, dirigió la considerada 'biblia' de los psiquiatras.

Reportaje: ¿Estamos tan enfermos como para consumir tantos ansiolíticos?

MILAGROS PÉREZ OLIVA 28 SEP 2014 - 01:24 CEST103

Archivado en: Psiquiatría Farmacología Salud mental Medicamentos Industria farmacéutica Enfermedades mentales Farmacia Especialidades médicas Medicina preventiva Enfermedades Sociedad Medicina Salud Industria

Allen Frances (Nueva York, 1942) dirigió durante años el Manual Diagnóstico y Estadístico (DSM), en el que se definen y describen las diferentes patologías mentales. Este manual, considerado la biblia de los psiquiatras, es revisado periódicamente para adaptarlo a los avances del conocimiento científico. El doctor Frances dirigió el equipo que redactó el DSM IV, a la que siguió una quinta revisión que amplió considerablemente el número de entidades patológicas. En su libro ¿Somos todos enfermos mentales? (Ariel, 2014) hace autocrítica y cuestiona que el considerado como principal referente académico de la psiquiatría colabore en la creciente medicalización de la vida.

Pregunta. En el libro entona un mea culpa, pero aún es más duro con el trabajo de sus colegas en el DSM V. ¿Por qué?

Respuesta. Nosotros fuimos muy conservadores y solo introdujimos dos de los 94 nuevos trastornos mentales que se habían sugerido. Al acabar, nos felicitamos, convencidos de que habíamos hecho un buen trabajo. Pero el DSM IV resultó ser un dique demasiado endeble para frenar el empuje agresivo y diabólicamente astuto de las empresas farmacéuticas para introducir nuevas entidades patológicas. No supimos anticiparnos al poder de las farmacéuticas para hacer creer a médicos, padres y pacientes que el trastorno psiquiátrico es algo muy común y de fácil solución. El resultado ha sido una inflación diagnóstica que produce mucho daño, especialmente en psiquiatría infantil. Ahora, la ampliación de síndromes y patologías en el DSM V va a convertir la actual inflación diagnóstica en hiperinflación.

P. ¿Todos vamos a ser considerados enfermos mentales?

R. Algo así. Hace seis años coincidí con amigos y colegas que habían participado en la última revisión y les vi tan entusiasmados que no pude por menos que recurrir a la ironía: habéis ampliado tanto la lista de patologías, les dije, que yo mismo me reconozco en muchos de esos trastornos. Con frecuencia me olvido de las cosas, de modo que seguramente tengo una predemencia; de cuando en cuando como mucho, así que probablemente tengo el síndrome del comedor compulsivo, y puesto que al morir mi mujer, la tristeza me duró más de una semana y aún me duele, debo haber caído en una depresión. Es absurdo. Hemos creado un sistema diagnóstico que convierte problemas cotidianos y normales de la vida en trastornos mentales.

P. Con la colaboración de la industria farmacéutica...

No supimos anticiparnos al poder de las farmacéuticas para crear nuevas enfermedades
R. Por supuesto. Gracias a que se les permitió hacer publicidad de sus productos, las farmacéuticas están engañando al público haciendo creer que los problemas se resuelven con píldoras. Pero no es así. Los fármacos son necesarios y muy útiles en trastornos mentales severos y persistentes, que provocan una gran discapacidad. Pero no ayudan en los problemas cotidianos, más bien al contrario: el exceso de medicación causa más daños que beneficios. No existe el tratamiento mágico contra el malestar.

P. ¿Qué propone para frenar esta tendencia?

R. Controlar mejor a la industria y educar de nuevo a los médicos y a la sociedad, que acepta de forma muy acrítica las facilidades que se le ofrecen para medicarse, lo que está provocando además la aparición de un mercado clandestino de fármacos psiquiátricos muy peligroso. En mi país, el 30% de los estudiantes universitarios y el 10% de los de secundaria compran fármacos en el mercado ilegal. Hay un tipo de narcóticos que crean mucha adicción y pueden dar lugar a casos de sobredosis y muerte. En estos momentos hay ya más muertes por abuso de medicamentos que por consumo de drogas.

P. En 2009, un estudio realizado en Holanda encontró que el 34% de los niños de entre 5 y 15 años eran tratados de hiperactividad y déficit de atención. ¿Es creíble que uno de cada tres niños sea hiperactivo?

R. Claro que no. La incidencia real está en torno al 2%-3% de la población infantil y sin embargo, en EE UU están diagnosticados como tal el 11% de los niños y en el caso de los adolescentes varones, el 20%, y la mitad son tratados con fármacos. Otro dato sorprendente: entre los niños en tratamiento, hay más de 10.000 que tienen ¡menos de tres años! Eso es algo salvaje, despiadado. Los mejores expertos, aquellos que honestamente han ayudado a definir la patología, están horrorizados. Se ha perdido el control.

P. ¿Y hay tanto síndrome de Asperger como indican las estadísticas sobre tratamientos psiquiátricos?

R. Ese fue uno de los dos nuevos trastornos que incorporamos en el DSM IV y al poco tiempo el diagnóstico de autismo se triplicó. Lo mismo ocurrió con la hiperactividad. Nosotros calculamos que con los nuevos criterios, los diagnósticos aumentarían en un 15%, pero se produjo un cambio brusco a partir de 1997, cuando las farmacéuticas lanzaron al mercado fármacos nuevos y muy caros y además pudieron hacer publicidad. El diagnóstico se multiplicó por 40.

P. La influencia de las farmacéuticas es evidente, pero un psiquiatra difícilmente prescribirá psicoestimulantes a un niño sin unos padres angustiados que corren a su consulta porque el profesor les ha dicho que el niño no progresa adecuadamente, y temen que pierda oportunidades de competir en la vida. ¿Hasta qué punto influyen estos factores culturales?

Los seres humanos hemos sobrevivido millones de años gracias a la capacidad de afrontar la adversidad
R. Sobre esto he de decir tres cosas. Primero, no hay evidencia a largo plazo de que la medicación contribuya a mejorar los resultados escolares. A corto plazo, puede calmar al niño, incluso ayudar a que se centre mejor en sus tareas. Pero a largo plazo no ha demostrado esos beneficios. Segundo: estamos haciendo un experimento a gran escala con estos niños, porque no sabemos qué efectos adversos pueden tener con el tiempo esos fármacos. Igual que no se nos ocurre recetar testosterona a un niño para que rinda más en el fútbol, tampoco tiene sentido tratar de mejorar el rendimiento escolar con fármacos. Tercero: tenemos que aceptar que hay diferencias entre los niños y que no todos caben en un molde de normalidad que cada vez hacemos más estrecho. Es muy importante que los padres protejan a sus hijos, pero del exceso de medicación.

P. ¿En la medicalización de la vida, no influye también la cultura hedonista que busca el bienestar a cualquier precio?

R. Los seres humanos somos criaturas muy resilientes. Hemos sobrevivido millones de años gracias a esta capacidad para afrontar la adversidad y sobreponernos a ella. Ahora mismo, en Irak o en Siria, la vida puede ser un infierno. Y sin embargo, la gente lucha por sobrevivir. Si vivimos inmersos en una cultura que echa mano de las pastillas ante cualquier problema, se reducirá nuestra capacidad de afrontar el estrés y también la seguridad en nosotros mismos. Si este comportamiento se generaliza, la sociedad entera se debilitará frente a la adversidad. Además, cuando tratamos un proceso banal como si fuera una enfermedad, disminuimos la dignidad de quienes verdaderamente la sufren.

P. Y ser etiquetado como alguien que sufre un trastorno mental, ¿no tiene también consecuencias?

R. Muchas, y de hecho cada semana recibo correos de padres cuyos hijos han sido diagnosticados de un trastorno mental y están desesperados por el perjuicio que les causa la etiqueta. Es muy fácil hacer un diagnóstico erróneo, pero muy difícil revertir los daños que ello conlleva. Tanto en lo social como por los efectos adversos que puede tener el tratamiento. Afortunadamente, está creciendo una corriente crítica con estas prácticas. El próximo paso es concienciar a la gente de que demasiada medicina es mala para la salud.

P. No va a ser fácil…

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R. Cierto, pero el cambio cultural es posible. Tenemos un magnífico ejemplo: hace 25 años, en EE UU el 65% de la población fumaba. Ahora, lo hace menos del 20%. Es uno de los mayores avances en salud de la historia reciente, y se ha conseguido por un cambio cultural. Las tabacaleras gastaban enormes sumas de dinero en desinformar. Lo mismo que ocurre ahora con ciertos medicamentos psiquiátricos. Costó mucho hacer prosperar la evidencia científica sobre el tabaco, pero cuando se consiguió, el cambio fue muy rápido.

P. En los últimos años las autoridades sanitarias han tomado medidas para reducir la presión de los laboratorios sobre los médicos. Pero ahora se han dado cuenta de que pueden influir sobre el médico generando demanda en el paciente.

R. Hay estudios que demuestran que cuando un paciente pide un medicamento, hay 20 veces más posibilidades de que se lo prescriban que si se deja simplemente a decisión del médico. En Australia, algunos laboratorios requerían para el puesto de visitador médico a personas muy agraciadas, porque habían comprobado que los guapos entraban con más facilidad en las consultas. Hasta ese punto hemos llegado. Ahora hemos de trabajar para lograr un cambio de actitud en la gente.

P. ¿En qué sentido?

R. Que en vez de ir al médico en busca de la píldora mágica para cualquier cosa, tengamos una actitud más precavida. Que lo normal sea que el paciente interrogue al médico cada vez que le receta algo. Preguntar por qué se lo prescribe, qué beneficios aporta, qué efectos adversos tendrá, si hay otras alternativas. Si el paciente muestra una actitud resistente, es más probable que los fármacos que le receten estén justificados.

P. Y también tendrán que cambiar hábitos.

R. Sí, y déjeme decirle un problema que he observado. ¡Tienen que cambiar los hábitos de sueño! Sufren ustedes una falta grave de sueño y eso provoca ansiedad e irritabilidad. Cenar a las 10 de la noche e ir a dormir a las 12 o la una tenía sentido cuando hacían la siesta. El cerebro elimina toxinas por la noche. La gente que duerme poco tiene problemas, tanto físicos como psíquicos.

domingo, 10 de agosto de 2014

Los restos de San Martín


Historias inesperadas

Relatos, hallazgos y evocaciones de nuestro pasado





Publicado el 08.08.14   LA NACIÓN  BUENOS AIRES

                                          Pocas semanas después de la muerte de José de San Martín en la casa de Boulogne sur Mer que vemos en la imagen (agosto de 1850), las autoridades de la Confederación Argentina dieron instrucciones para que se llevara a cabo la repatriación de sus restos. Esa fue la voluntad póstuma del militar que en su testamento había expresado que quería que su corazón descansara en el de Buenos Aires. Sin embargo, todo fue demorándose. Durante once años, el cuerpo embalsamado del Libertador de América descansó en una de las capillas de Notre-Dame de Boulogne (Nuestra Señora de Boloña).
El primer traslado fue a Brunoy, en las afueras de París. Tuvo lugar en 1861, luego de que la familia Balcarce San Martín se mudara a dicha ciudad y resolviera llevar el cuerpo para que fuera ubicado en la bóveda de la familia, junto a su nieta María Mercedes que había muerto en 1860.

En la Argentina, el tema se reavivó en 1864 –durante la presidencia de Mitre– cuando los diputados nacionales Martín Ruiz Moreno y Adolfo Alsina presentaron un proyecto de Ley para autorizar al Poder Ejecutivo a llevar adelante la repatriación.

Manuel Guerrico gestionó la cesión de un terreno en el cementerio de la Recoleta en 1870, pero seis años después la comisión encargada del traslado se entrevistó con el arzobispo Federico Aneiros con el fin de solicitar un espacio en alguna de las capillas de la Catedral para que se colocara allí un mausoleo. Detrás de toda la empresa se encontraba el presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda.

Mausoleo del Gral. San Martín en la Catedral de Buenos Aires

¿Se estaba cumpliendo la voluntad del Libertador al llevarlo a la Catedral? Cuando San Martín dijo: “Desearía que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”, ¿se refería a que deseaba ser llevado al cementerio, a la Catedral? Aquí cada uno puede tener su propia interpretación. Considero que si nuestro prócer hubiera querido referirse al cementerio de la Recoleta, habría mencionado la tumba de su “esposa y amiga”, Remedios de Escalada. Además, el corazón de Buenos Aires bien puede referirse al centro de la ciudad.
En estos días, un proyecto de traslado de los restos a Yapeyú, a cargo del diputado Adán Gaya, sostiene que, al mencionar Buenos Aires, se refería a la Patria y “sin lugar a dudas”, a Yapeyú. Regresemos a la historia:
El 25 de febrero de 1878, centenario del nacimiento del prócer, se realizó un tedeum en la Catedral que concluyó con la colocación de la piedra fundamental del mausoleo. Avellaneda, Mitre, Quintana y Aneiros, entre otros, participaron en el acto simbólico colocando mezcla en la obra con una cuchara de plata.
El escultor francés Auguste Carrier Belleuse fue el encargado de moldear el mausoleo que envió en partes desde Europa. En Inglaterra había concluido la construcción del buque de guerra Villarino, que había sido encargado por el gobierno argentino. Fue enviado al puerto de El Havre, donde cargaría el féretro. Este fue su derrotero:
-El 21 de abril de 1880, el ataúd fue transportado de Brunoy a París (35 kilómetros), donde se lo cargó en un tren especial rumbo a El Havre. Una vez en la ciudad portuaria, se lo depositó en su Catedral. Luego del acto religioso que incluyo la bendición del féretro, se lo embarcó en el Villarino. El buque soltó amarras el 22 de abril.
-Arribó a Montevideo el 20 de mayo, donde fue recibido con una salva de 21 cañonazos. La recepción fue imponente. Siete barcos argentinos acudieron a recibir al Villarino. Una carroza tirada por seis elegantes caballos llevó el féretro (cubierto por las banderas de Uruguay, Chile, Perú y la Argentina) a la Catedral. Una multitud acompañó los restos, lanzando flores desde la acera y los balcones. La bienvenida de los hermanos uruguayos –asistieron el presidente Francisco Antonio Vidal Silva y todos sus ministros– ha sido considerada uno de los actos más emocionantes que se hayan hecho al Libertador. Cuando partió por la tarde, la banda militar uruguaya ejecutó el Himno Nacional Argentino. Por su parte, desde el barco, la banda argentina interpretó la canción patria de Uruguay.
-Durante una semana, el Villarino se mantuvo en la costa de Catalinas (en esa época, la playa llegaba hasta lo que es hoy la plaza Fuera Aérea, vecina de la estación Retiro), escoltado por decenas de buques de la Armada.
El 28 de mayo tuvo lugar la ceremonia principal. Los integrantes de la Comisión de Repatriación colocaron la bandera del Ejército de los Andes sobre el ataúd, más dos coronas: una con palmas de Yapeyú (ciudad natal del prócer) y otra con gajos de pino de San Lorenzo (bautismo de fuego de los Granaderos a Caballo). El cajón fue depositado en un bote fúnebre que fue remolcado por el Talita, la lancha presidencial.
Se lo desembarcó en las costas de Retiro (durante años se llamó a ese sector vecino a la Plaza San Martín, Playa San Martín). Fue colocado junto al palco oficial, donde el ex presidente Sarmiento dio un discurso de recepción.
Cargado de flores que le lanzaban los argentinos a su Padre de la Patria, el féretro fue escoltado hasta el monumento del Libertador, en la plaza. 

Un emocionante discurso del presidente Avellaneda complementó las palabras de Sarmiento. El cajón fue colocado en una carroza fúnebre (réplica de la que transportó el cuerpo de Wellington a la Catedral de Londres en 1852). El cortejo marchó por la calle Florida hasta la Plaza de Mayo.

El ataúd fue depositado en la nave central de la Catedral Metropolitana. Durante veinticuatro horas desfiló el pueblo para rendirle tributo. Al día siguiente, a las dos de la tarde, se lo ubicó en el mausoleo. Suele decirse que los restos de San Martín yacen fuera del perímetro de la Catedral, en una capilla construida afuera de la nave central, porque era masón; dando a entender que la Iglesia no aceptaba que descansara bajo su custodia. 

Raro comentario, si se tiene en cuenta que los despojos del Libertador estuvieron en Notre-Dame de Boulogne, la iglesia parroquial de Brunoy y las catedrales de El Havre, Montevideo y Buenos Aires. Sí, en cambio, resulta curioso la forma en que ha quedado dispuesto el ataúd.


Plano del mausoleo (nótese con el signo X, la posición inclinada de la caja mortuoria

El tamaño del cajón no era el adecuado. Mejor dicho, el del mausoleo. Por ese motivo, el féretro que contiene el cuerpo embalsamado del prócer fue colocado en forma inclinada (la cruz en la lámina publicada por el Instituto Nacional Sanmartiniano marca el lugar exacto). Así permanece desde el 29 de mayo de 1880.

sábado, 31 de mayo de 2014

En busca de mi padre, por Edgardo Cozarinsky

 Revista Ñ
Testimonio. En este relato intimista, especial para Ñ, el escritor y cineasta desafía la nostalgia en su primer viaje a la colonia judía de Entre Ríos donde nació su padre, escenario y materia de su último documental.


MEMORIA. El cineasta en el cementerio de la colonia San Vicente, donde está enterrado su abuelo COZARINSKY PADRE. En España, durante uno de sus viajes. Fue el primer judío en ingresar a la Armada, en 1919.


MEMORIA. El cineasta en el cementerio de la colonia San Vicente, donde está enterrado su abuelo

                               Una noche, hará un par de años, soñé que estaba en Entre Ríos. Mi padre nació en Entre Ríos. Yo nunca había estado allí.

Nací en Buenos Aires, viví muchos años en París, demasiados tal vez, viajé bastante por el mundo, pero nunca había estado en Entre Ríos.

No sé si, como algunos creen, los sueños son premonitorios pero a la mañana siguiente me desperté con un proyecto de filme: ir a Entre Ríos a buscar huellas de la infancia de mi padre. Digo bien: de su infancia. A los dieciocho años se fue del campo y se hizo marino. Nunca volvió.

¿Qué sabía yo de esa infancia? Poco o nada. Mi padre era hijo de lo que Gerchunoff bautizó “gauchos judíos”. Once hermanos, más uno del que iba a enterarme que también era hijo de mi abuelo, nacido fuera del matrimonio pero criado con toda la familia. Ese hijo se había quedado en el campo; los demás, con una sola excepción, se habían dispersado entre Buenos Aires y Mendoza, profesionales, empresarios, casadas las mujeres con hombres de ciudad.

Mi padre murió cuando yo tenía veinte años y padecía una adolescencia demorada. Hablaba poco él, aun menos con mi madre, vivía refugiado en la lectura y el cine, en un mundo imaginario que me prometía cosas distintas de la vida cotidiana, irremediablemente gris, de una familia porteña de clase media.

Las preguntas que entonces no me interesaba hacerle son las únicas que hoy me interesan. La primera: ¿cómo fue que ese hijo de gauchos judíos, nacido en Villa Clara, Villaguay, Entre Ríos, decidiera aventurarse a ingresar en las fuerzas armadas, en la Marina de guerra?

Una cosa me resulta evidente: fue posible porque ocurrió en 1919. A partir de 1930, del golpe de Uriburu, no creo que lo hubiesen aceptado.

¿Sabía mi padre, al ingresar, que no iba a poder ascender más allá de capitán de navío? Regla no escrita, gentlemen’s agreement , un judío no podía llegar a ningún nivel del almirantazgo. Sobre todo: ¿le importaba?

Corolario: ¿qué significaba para él ser judío? No era religioso ni le importaba la tradición. Como a mi madre. A mí me criaron lejos de toda observancia. Creo que las únicas raíces que mi padre hubiese reconocido, aunque nunca hablara de ellas, estaban en Entre Ríos; entre sus libros encontré un ejemplar muy gastado de Entre Ríos, mi país de Gerchunoff. Cuando sintió que el fin se acercaba me pidió: “Por favor, ni estrella ni cruz, no vayan a creer que me convertí y eso no es elegante”. ¿De dónde le venía esa noción de elegancia moral?

Cuántas cosas para las que no tengo respuesta.

Si mi padre murió relativamente joven, mi madre en cambio sobrevivió demasiado, lúcida hasta los noventa y cinco años de edad, gradualmente senil durante tres interminables años más. Cuando finalmente murió, descubrí en un armario de su departamento cajas llenas de viejas cartas y fotografías, muchas de ellas de mi padre. Nunca las había visto.

Entre las cartas me impresionaron sobre todo las que mi abuelo y los hermanos le enviaron a mi padre cuando hizo su primer viaje. El destino eran los Estados Unidos (“Norteamérica” decían entonces), algo casi exótico en tiempos anteriores no ya al turismo masivo sino a la mera televisión. En 1919, en un pueblo de Entre Ríos donde no había cine, tal vez solo llegaran las imágenes de alguna revista ilustrada, o el suplemento dominical (“rotograbado”) de los diarios de la capital.

Las cartas de los hermanos son previsibles, en la efusión cariñosa, aun en el humor ocasional (una de mis tías escribe: “No te encamotes con ninguna gringa, volvé y casate con una criolla”), pero la que más me impresionó fue la de mi abuelo. Le escribe al hijo que parte lejos del hogar, del campo, de lo que hasta ese momento era su mundo, con orgullo paterno y una pizca de envidia, en un castellano impecable, formal, con algún modesto arranque retórico. Una carta cándida, sin faltas de ortografía. Había llegado a la Argentina veinticinco años antes, sin duda había aprendido el castellano en la escuela nocturna de Gobernador Domínguez, con los maestros sefardíes que el proyecto colonizador del barón Hirsch había tenido la prudencia de importar.

¿Qué sabía yo de ese proyecto? Había leído, a grandes rasgos, que Moritz von Hirsch, ennoblecido con el título de barón como tantos otros banqueros judíos (los Rothschild, los Weissweiller, los Anspach, los Cahen d’Anvers, los Wertheimer) que habían prestado servicio a las monarquías europeas del siglo XIX, al perder a su hijo único había dedicado su fortuna al proyecto de la Jewish Colonization Association. Compró más de 80.000 hectáreas entre Santa Fe y Entre Ríos en momentos en que la Argentina de 1880 se abría a la inmigración. Los judíos del imperio ruso, contrariamente a los de Alemania y Francia de la época, padecían todo tipo de restricciones y apremios: si en Berlín y en París podían ingresar a las universidades, bajo los zares regía el numerus clausus para los estudios superiores y tenían permiso de domicilio, bajo la amenaza permanente de un pogromo, en una estrecha franja territorial entre el Báltico y el Mar Negro.

Iba a enterarme de que la colonia entrerriana debía el nombre de Clara a la mujer de Hirsch. También que la primera cooperativa agrícola del país, asentada en Basavilbaso y aun activa hoy, se llamó Lucienville por el nombre del hijo perdido.

Finalmente viajé a Entre Ríos. Creo que el proyecto de film me sirvió de coartada ante mí mismo. Detesto toda forma de nostalgia y no quería entregarme a un dudoso viaje sentimental. Necesitaba una razón concreta, objetiva, para conocer los paisajes donde mi padre había nacido y se había criado.

En las calles de Villa Domínguez hay una escuela que lleva el nombre de Gerchunoff. En frente: un galpón, convertido en museo, vasto hangar que fue en su momento “hotel de inmigrantes”, donde convivieron familias que no se conocían a la espera de que les asignaran las tierras donde construirían el primer rancho que más tarde sería casa. También un edificio pintado de color rosado: la biblioteca fundada por los primeros inmigrantes, donde por la noche se impartían las clases de castellano; allí dio una conferencia en idish Isaac Bashevis Singer, cuando visitó las colonias en 1975, tres años antes de ser Premio Nobel de Literatura.

La vieja farmacia del doctor Yarcho, que luchó contra la epidemia de tifus que hizo ciento diez víctimas en 1894, alberga hoy el Museo de las Colonias. Es la obra de Osvaldo Quiroga, que ha reunido todo tipo de documentos, desde registros de la inmigración y actas notariales hasta objetos de la vida cotidiana desechados por familias que abandonaron la región. Con la ayuda de su hija, digitaliza la información reunida y está en correspondencia permanente con institutos y universidades del mundo entero.

Allí me interno en un laberinto que siento ajeno: no corresponde a mi infancia ni a recuerdo heredado alguno. Y sin embargo, tengo que repetirme, fue de allí que salió mi padre, quién sabe si con alivio o entusiasmado con la promesa de ver mundo, algo de ese mundo que le habían prometido las pocas novelas que encontré entre sus libros.

Allí también me espera lo desconocido: mi lejano origen. Gracias a Quiroga descubro un pasado que ignoraba. Mis abuelos se embarcaron en la nave Sirius, que partió de Odessa el 10 de agosto de 1894 y llegó a Buenos Aires el 12 de septiembre. Su proveniencia aparece como Gobernación Mohilne, en la región de Minsk. El tenía 23 años, ella 24. Vinieron con dos hijos, una niña de dos años y un varón de uno.

Reprimo ante mis compañeros de trabajo una emoción de la que no me sospechaba capaz. Les hablo de esa S que todos mis primos conservan en el apellido menos yo: guardo la Z escrita por error en la partida de nacimiento de mi padre y que él nunca se molestó en corregir. ¿Pereza de hacer los trámites exigidos? Me pregunto si en esa omisión no latía, ya, una veleidad de independencia, de diferencia.

En el mismo documento aparecen los nombres de otras personas del mismo apellido llegadas en el mismo barco, parientes sin duda, de los que nunca me hablaron. ¿Qué fue de ellos? Me gustaría que hayan sido los antepasados de Juan Carlos Cosarinsky, a quien sólo conozco por su fama: “el Flaco” Cosarinsky de la provincia de Corrientes, creador del primer festival mundial del chamamé.

El éxodo de los hijos... Mis tías recordaban la plaga de langostas. Súbitamente ennegrecían el cielo, devoraban la cosecha, pelaban los árboles. El trabajo de un año estaba perdido. Trataban de espantarlas golpeando ollas, palanganas, todo objeto metálico que pudiese hacer ruido. Sin éxito.

Hoy, me dice un vecino con quien intercambio unas palabras, “va a encontrar más gente en los cementerios que en las calles”. Y es cierto que las lápidas, sobre todo aquellas donde el tiempo ha borroneado nombres y fechas, me conmueven. En ellas leo las esperanzas de los inmigrantes fundadores, su desilusión, la tenacidad de los que permanecen fieles a las tierras que una vez les dieron. Trato de imaginar el inimaginable orgullo de esos judíos del confín este de Europa al saberse propietarios de lo que más prohibido les estaba: la tierra.

En Villa Clara hay otro museo, pequeño, humilde, obra de amor de Marta Muchinik, hija de gente que ya se interesaba en preservar el pasado de las colonias. Lo ha instalado en varios espacios de la estación de tren que, supongo, ya ningún tren visita. Me digo que algunos de los objetos que guarda pueden haber estado en casa de mis abuelos… Marta me lleva hasta la casa que construyeron, donde crecieron mi padre y sus hermanos. Está remozada por su nuevo propietario, rodeada de un jardín muy cuidado, pero reconozco la forma, el alero, de las viejas fotos de familia que encontré poco antes. En el campo que la rodea ya no hay ni el trigo ni el lino que cultivaban mis abuelos, hoy sólo se confía en la soja. Más lejos, el arroyo Sandoval. Cuentan mis primas mendocinas que todas las mañanas lo atravesaban en canoa algunos indios que tenían vacas para llevarle leche a los hijos de los recién llegados.

(Mis primas mendocinas… Hijas del hermano menor de mi padre, casado con una goi … Más jóvenes que yo, nacieron, se casaron, tuvieron hijos y nietos en Mendoza. Hoy sin embargo reivindican el apellido Cosarinsky, con la S que mi padre desechó. Visitan Chile más a menudo que Buenos Aires. Hablan con esa encantadora tonada que va a reconocer inmediatamente el montajista de mi filme, mendocino él mismo.) Más lejos aún, Marta me conduce hasta el cementerio de colonia San Vicente, donde está la tumba de mi abuelo. La lápida vertical tiene, de un lado, la inscripción con nombre y fechas en caracteres hebraicos; del otro en caracteres latinos. Coloco sobre la tumba las piedritas que la religión impone. Las cuento, once más una. Esa noche, en el hotel de Villaguay, desvelado por un concurso de pasteles en la plaza vecina, que animan grupos de aficionados al chamamé, me pregunto si ese gesto que hice para la cámara no corresponde a una secreta, postergada devoción.

Siempre me inspiró rechazo la religión judía, la crueldad del antiguo testamento, sus cientos de preceptos que rigen cada acto de la vida cotidiana; si en algo me reconocí judío es en una idea de diáspora no como maldición sino como privilegio, en no pertenecer a otra comunidad que a la de la gente del libro, de cualquier libro, siempre que no sea sagrado.

Pero los muertos, más allá de toda religión, siempre me han acompañado, más asiduos a medida que envejezco. Acaso mi gesto, en ese lugar, en ese momento, haya sido el único a mi alcance para señalarle a mi abuelo mi presencia.

A menudo me pregunto qué es lo que nos lleva a conservar cosas que sabemos destinadas a desaparecer: fotos descoloridas, descartes de películas, el ticket de embarque de un vuelo olvidado, cartas que no nos enviaron a nosotros.

¿Será que al hacerlo intentamos, ciegamente, sin entenderlo, hacer durar el tiempo perdido, prolongar los días que nos quedan?

Tal vez sea ese mismo impulso que siento, el deseo de impedir que se borre algo que una vez existió, lo que llevó a Osvaldo Quiroga a crear en Domínguez el Museo de las Colonias, a Marta Muchinik el de la estación de Clara… Cito palabras de Georges Perec: “Trato meticulosamente de retener algo, de hacer que algo sobreviva. Quisiera arrebatarle unos pocos fragmentos al vacío que crece, dejar en alguna parte un surco, una huella, una marca, aunque sólo sea unos pocos signos”.

Llego al final del viaje con mis preguntas intactas. Sin respuestas.

Acaso el detective sólo termine por descubrir algo sobre sí mismo… ¿Qué descubro? Que aunque con el paso de los años haya empezado a lamentar que mi padre hubiese muerto cuando yo no había querido hablar con él de tantas cosas, hoy me siento aliviado, no sé si decir contento, de que hubiese muerto antes de los años 70. Pienso: …y si su lealtad con la Armada, su respeto por el orden, lo hubiesen llevado a aceptar lo inaceptable, a ponerse de parte de los verdugos… Tuve miedo.

Miedo por mí. Temía que pudiese ensuciar mi recuerdo de él.

FICHA
Carta a un padre
Guión y dirección: Edgardo Cozarinsky
Lugar: Malba Cine. Av. Figueroa Alcorta 3415 Buenos Aires
Fecha: Sábados de mayo y junio.
Hora: 18