Una época humillante en la historia argentina y es menester
que no sea olvidada por las nuevas generaciones. La historia se escribe dia a
día y del mismo modo debería estar
siempre en presente durante el transcurrir de los años. Aquellos que tuvimos
oportunidad de vivir en aquellos acontecimientos y a la vez ser lo
suficientemente jóvenes para “medio” entender una Argentina por demás politizada.
En una época difícil, donde la libertad
individual estaba amenazada hasta por las nimiedades más fortuitas. Éramos
ciudadanos de un país subyugado, en el que había que vivir el día a día, sin
dar queja al régimen imperante. Aquellos de nosotros más cónsonos con lo
cultural o la representación artística, nos topábamos ante un filtro implacable que hacía y deshacía según
criterios de la más alejada imparcialidad o respeto.
Había
un censor, apellidado Tato, un personaje por demás digno de una comedia de
Moliere por su particularidad histriónica, una verdadera caricatura y sin
embargo miembro del gobierno vigente.
Como
dato ilustrativo, anoto que quizá alguien recuerde una célebre película
protagonizada por Marlos Brando y la actriz María Schneider que se titulaba “El
último Tango en Paris”.
Se
estrenó en 1972, a la sazón estábamos en Hamburdo (Alemania). El film era
sumamente famoso por una escena erótica en que en un acto sexual se utiliza
mantequilla como lubricante. Ni cortando esa escena,(la única realmente censurable) pasaron muchos años en que la
película fuera estrenada en Argentina.
Hara
casi 10 años, precisamente el viernes 24
de marzo de 2006, en Clarín, en una nota de Camilo Sánchez, publicaba un
artículo que entre títulos y subtítulos decía:
A 30 AÑOS DE LA NOCHE MAS LARGA -
ESPECTACULOS: CENSURA EN EL CINE, LA TELEVISION, EL TEATRO Y LA MUSICA
Tiempos de sombras para los artistas
Autor: Camilo Sánchez
Las películas de cine soportaron a
Tato, un censor que pasó a la historia. Se prohibió hasta el tango Cambalache.
Y al rock lo miraban de soslayo. El teatro, ámbito de la resistencia. En la
última Feria del Libro, Adolfo Aristarain recordaba que, en tiempos de la
dictadura, cuando necesitaba una escena erótica de tres minutos la filmaba, por
lo menos, de diez. Miguel Paulino Tato, el censor que entró en la historia, lo
llamaba ofuscado. "¿Qué es esto?", le decía, a los gritos, y entraba
en éxtasis de poda. Aristarain sacudía su cabeza vasca y discutía un poco.
Después se iba, con tres minutos eróticos bajo el brazo.
Una ingenuidad escolar comparada con el
silencio de lo atroz, los tiros en la niebla, los cuerpos en el río, las salas
de tortura. El espectáculo en esos años, impedido de espejar, buscaba atajos u
oxígeno como podía o miraba hacia otro lado y levantaba —por dinero o
convicción ideológica— las banderas del horror. Porque a ver si nos entendemos:
se había prohibido hasta el tango Cambalache, en la televisión reinaba Velazco
Ferrero que hacía bailar a la gente, Leonardo Favio filmó Soñar, soñar (1976) y
se tuvo que olvidar del cine hasta 1993, y el notable Luis Politti —el
verborrágico Vignale de La Tregua— se moría de tristeza en el exilio.
Era todo grotesco, sino fuera por el
tamaño de la tragedia. El humorista Mario Sapag hacía una parodia de Jorge Luis
Borges. Un día lo censuraron. Los medios cayeron en masa hasta el departamento
de la calle Maipú, creyendo que el autor de Luna de enfrente había presionado
para que se tomara esa decisión. Borges no sabía quién era Sapag. "Con el
esfuerzo que se habrá tomado para copiar mi manera torpe de hablar", se
lamentó, acariciando un gato blanco
La mínima historia escondía una trama
mayor: las fuerzas armadas se habían repartido los canales del Estado. El 7 y
el 9 fueron para el Ejército, el 13 lo administraba la Armada y el 11, la
Fuerza Aérea. Borges se extrañaba con que un solo sector social pudiera
arrogarse tanta versatilidad. "Tan absurdo —decía, con lógica borgeana—
como si los odontólogos o bomberos estuvieran capacitados para ocupar la
totalidad de los cargos públicos".
Cualquier cosa podía costar caro
entonces. Hace unas semanas, en Francia, se estrenó una nueva puesta —la
tercera en ese país— de Telarañas, una pieza de Tato Pavlovsky. "Una obra
muy querida y muy temida", reconocía el actor y dramaturgo. Y recordaba.
La obra se estrenó en el ciclo de Teatro al Mediodía, en el Payró, en diciembre
de 1977. Pero tuvo corta vida: fue prohibida por la Municipalidad de Buenos
Aires, indicador de que Tato Pavlovsky molestaba: apenas si pudo escaparse, una
noche, por los techos de su casa.
Aún así, en el teatro, ámbito proclive
a la resistencia, se sucedían ciertos milagros. En San Telmo se producía una
obra de arte del desencanto: Marathon de Ricardo Monti. Con Boda blanca se
comenzaba a frecuentar una poética de la intimidad bajo el pulso de Laura
Yusem. Y Alfredo Alcón, en el teatro San Martín, en una versión de Luis Gregorich,
lograba un Hamlet connotado de actualidad: como siempre lo tiene la historia de
una tragedia y un asesinato. La obra hasta encabezó las boleterías durante una
temporada de Mar del Plata.
Al rock se lo miraba de soslayo, con
actitud perdonavidas, por lo menos hasta Malvinas, en que pasó a jugar en las
ligas mayores. El tango todavía no era negocio. Con Atahualpa siempre lejos, la
Negra Sosa en el exilio, una bomba en el Templo del Vino que estaba en los
fondos de la casa de Horacio Guarany y Cafrune envuelto en una muerte dudosa,
en la medianoche del 31 de enero de 1978, mientras cabalgaba hacia Yapeyú para
conmemorar el bicentenario del nacimiento de San Martín, la música nacional
languidecía. Lo que quedaba del folclore se aglutinaba detrás de un hombre de
sonrisa fácil: Quique Dapiaggi reunía a mujeres y cuentistas y guitarreros en
una parodia de peña, más bien triste, más bien bizarra.
La resistencia funciona a la manera del
agua: sin forma precisa, se desliza por las grietas de la uniformidad. En 1981,
Aristarain saca un conejo de la galera: en Tiempo de revancha, un ex
sindicalista se enfrenta a una multinacional quedándose mudo. Metáfora
oportuna. Ese año sucede Teatro Abierto en respuesta a una funcionaria que
retiró del programa de estudios la materia Dramaturgia Argentina.
Mercedes Sosa vuelve, en 1982, y en el
Opera abre el recital diciendo Tantas veces me mataron, tantas desaparecí. La
vuelta de Serrat: "Como decíamos ayer", arrancó el catalán, en el
Gran Rex, citando a León Felipe. Ya había sucedido Malvinas, y se salía de
recitales y teatros caminando hacia el Bajo, diciendo entre muchas voces que se
iba a acabar la dictadura militar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario